martes, 4 de junio de 2013

Minecraft. No todo está perdido


Si usted, amado lector, tiene como yo la dicha de estar viendo crecer a sus hijos y de ver cómo empieza a salirles la pelusilla encima de los labios, probablemente sepa qué puñetas es eso de Minecraft. Si no lo sabe, tampoco importa. Yo se lo explico.

Minecraft es la fiebre a la que se han entregado en este último año nuestros púberes. Se trata de un videojuego para ordenador, con versiones también para consolas y tabletas, que ha logrado enganchar a una gigantesca legión de críos. Pregunte, pregunte y asómbrese… Sin ir más lejos, un personaje denominado Vegetta, ha alcanzado la escalofriante cifra de 61 millones de visitas (sí, sí, 61 millones, ha leído bien) en el canal de Youtube en el que publica vídeos de partidas de Minecraft.

Lo extraordinario del fenómeno es que el juego en sí es llamativamente pobre. Los gráficos tienen la misma calidad que los primeros PCs. De hecho, eso es lo que mueve nuestras entrañas a quienes crecimos con el Spectrum: figuras de cabeza cuadrada, escenarios construidos a base de píxeles como puños, sonidos irreconocibles… hasta los muñecos de un futbolín tienen más expresividad. Y por si fuera poco, Minecraft no tiene ningún tipo de argumento.

¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado para que las wiis, xboxes y playstations estén acumulando el polvo? Cuesta entender que este jueguecillo tan simplón haya podido desbancar a los últimos lanzamientos de la poderosísima industria del ocio digital, cuyos títulos son verdaderas superproducciones, con más rótulos de crédito que toda la saga de La Guerra de las Galaxias junta.

¿Qué demonios ha ocurrido? Pues es muy sencillo. Es la imaginación, que creíamos perdida entre tanta tecnología pero que, por fortuna, no lo está. Cualquier día de estos volvemos a las carpinterías a pedir tacos de madera para que nuestros niños imaginen camiones.

(Publicado en www.huelvabuenasnoticias.com)

martes, 7 de mayo de 2013

Días de chándal


En mi primera colaboración con huelvabuenasnoticias, el 2 de febrero, escribía que “quienes han corrido un maratón, que no es mi caso -aún-,  cuentan que…”. Ese “aún”, a la postre, se convirtió en una trampa, en algo que seguía ahí, esperándome y llamándome, constante como un martinete. Y al igual que los ríos siempre acaban desembocando en un mar, yo acabé corriendo el maratón. Madrid, 28 de abril. 3 horas, 57 minutos y 50 segundos.

Dado que mis amistades huyen despavoridas o cambian de tema ante cualquier intento de narrarles la epopeya, les ruego a ustedes, agradecidos lectores, que me permitan aprovecharme de su infinita benevolencia.

Tranquilos, no les voy a contar los detalles de la carrera. No les hablaré del compañerismo reinante entre una turba de veinte mil personas que revolotea nerviosa antes de afrontar esos 42 kilómetros en una gélida mañana. No les cansaré con el relato de la emoción sentida al atravesar la multitud que se amontona en la Puerta del Sol para darte alas con su aliento. No les describiré la sensación de poder que te invade subiendo sin dificultades extremas una cuesta demencial a la salida de la Casa de Campo. No les aburriré contándoles el delirio que se apodera de todo tu cuerpo y toda tu mente, desde las uñas de los pies a las pestañas, en esos últimos doscientos metros en el Parque del Retiro que parecen abrir de par en par las puertas de la mismísima gloria.

No, por mucho que todo eso compense los meses de entrenamiento, de sufrimiento, de renuncias y de sacrificios, de frío, de viento y de lluvia, no les voy a incordiar con la crónica de mi primer maratón.

A cambio, les dejo una reflexión que tal vez a alguno le sirva de algo: definitivamente, la vida se ve de otra manera cuando pasas tres días en chándal por Madrid comiendo espaguetis.

(Publicado en www.huelvabuenasnoticias.com)

viernes, 26 de abril de 2013

Mucho ruido


No se tiene más razón por gritar más. Esta es una norma básica no ya de la comunicación, ni siquiera del debate político, sino de las más elementales normas de relaciones humanas. Sin embargo, cada vez ocurre con mayor frecuencia que, ante la falta de razones fundamentadas que justifiquen una determinada decisión, se tira de vocerío como mecanismo sustituto de la lógica y la dialéctica.

Debo reconocer que estoy un poco hastiado de tanto grito, de tanto coro, de tanta consigna imperante en el manejo de los asuntos públicos para esconder en muchos casos una falta de argumentos, de razones y, mayormente, de soluciones. Y echo de menos, sobre todo, la sinceridad. “La verdad os hará libres”, dijo Jesús de Nazaret hace una pila de años, pero cada día es más difícil buscar un ápice de verdad entre el ruido ensordecedor de las cosas mundanas.

A este panorama desolador se unen las llamadas redes sociales, formando una mezcla perfecta para amplificar la estupidez humana hasta límites insospechados. Unas redes sociales que ensalzan o crucifican caprichosamente, entierran a los vivos y resucitan a los muertos, convierten en tendencia las nimiedades más banales, y sepultan muchas opiniones cualificadas bajo una montaña de ‘post’ donde la meta parece ser engordar la lista de comentarios a mis estados de Facebook y conseguir el mayor número posible de retuiteos para mis ocurrencias. Un desastre, un auténtico desastre…

¿Qué pensamiento no lineal puede establecerse en ciento cuarenta caracteres? ¿A dónde ha ido a parar mi ‘timeline’ de hace tres horas? ¿Qué ha quedado de la plaza Tahir? Las redes sociales, ese paradigma del “¿dónde va la gente? Donde va Vicente”, tienen su lado bueno, democratizan la información, tumban los muros del oscurantismo, de la censura y de la autocensura de los medios de comunicación y, cierto, mejoran los niveles de exigencia hacia los dirigentes públicos. Pero no son suficientes, y menos aún si conllevan -a mí al menos me lo parece- un efecto narcótico tan potente para el pensamiento propio.

(Publicado en www.huelvabuenasnoticias.com)

lunes, 18 de marzo de 2013

El puchero



Nuestra alimentación ha regresado al puchero. Lo dice el Ministerio de Agricultura, y debe ser verdad, porque ya se sabe que con las cosas de comer no se juega. En unos pocos años de crisis, hemos recuperado lo que durante décadas nos fueron robando los americanos con su comida rápida, sus menús de plástico y sus pollos criados sin cabeza, sin patas y sin nada.

Estos años duros que nos está tocando vivir también tienen su lado positivo. Aún a riesgo de incurrir en un consuelo de tontos, los datos de la cesta de la compra indican que con la crisis estamos volviendo a hábitos de alimentación más saludables. La verdura regresa al cajón de abajo de la nevera y la fruta de temporada colorea nuevamente la cocina, al tiempo que las alacenas se repueblan de garbanzos y lentejas. La cocacola queda para el fin de semana y el agua del grifo reina de nuevo en la mesa.

Garbanzos, pollo (con cabeza), costilla, tocino y hueso de jamón. Papas y zanahoria. Y para rematar, si llega el bolsillo, un trozo de jarrete. No hace falta más, sólo agua, una ramita de yerbabuena, la olla express y un ratito dando vueltas la bolita y haciendo pfs, pfs, pfs…

El coste aproximado de un puchero para cuatro personas no llega a diez euros. Por ese irrisorio precio más un puñado de fideos o de arroz, podemos alimentar a nuestra familia durante un par de días y, si hemos sido previsores y generosos con las cantidades, aún nos quedará materia prima  para hacer una fuente de croquetas.

Efectivamente, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Y de lo que nos enseñaron desde pequeños. Y de nuestros olores y de nuestros sabores. Tanta globalización ya, con lo rico que está un puchero.

viernes, 15 de febrero de 2013

Un papa negro



Benedicto XVI ha dado la campanada. Después de dejarnos como legado para la eternidad el testimonio de que los Reyes Magos eran tharsileños, el obispo de Roma se nos jubila a los 85 años, que a este paso es la edad a la que nos podremos retirar el resto de los mortales. Ya se dijo cuando lo nombraron que Ratzinger sería un Papa de transición, una figura de poco brillo popular que no tuviera que someterse a comparaciones con la poderosa sombra de Juan Pablo II, al que quería todo el mundo, como coreaban las masas congregadas en la avenida de Andalucía aquel 14 de junio de 1993.

Superado el tránsito benedictino de estos casi ocho años llega el momento de que Sus Eminencias depositen el peso de la Iglesia sobre otras espaldas. Y claro, los medios occidentales, tan proclives a las cábalas y a los talent-shows, se aventuran a hacer sus listas de los posibles candidatos a dirigir los destinos de la cristiandad desde la berniniana Cátedra de San Pedro.

Estaría bien que ahora abriesen los teléfonos. Un casting como Dios manda y que la audiencia  decida. Si quieres un papa italiano, manda un SMS con la palabra Pietro al 8888. Cardenal Rouco, debe abandonar el Cónclave. Un poco exagerado, ¿no? Vale, pero al menos podrían dar algún cauce de participación democrática en el proceso…. Ya, tampoco.

Pues como sé que no me van a preguntar, me aventuro desde aquí a mostrar mis propias preferencias. Yo quiero un Papa negro. Ya toca. Si Obama llegó a la Casa Blanca, éste es un buen momento para que también el Vaticano se sacuda el polvo -perdonen la desafortunada expresión- y vuelva la mirada hacia donde están los verdaderos y urgentes problemas del mundo, que por cierto, no son precisamente si Huelva tiene o no tiene procesión del Santo Entierro Magno.

domingo, 23 de septiembre de 2012

En fin, que me he pasado al deporte

Nada, que me ha dado por ahí. Que cuando en un periódico te dicen que "vas necesitando un gimnasio" te lo tienes que tomar en serio, por muy abombao que esté el que te lo diga. Llevo desde mediados de marzo, he soltado 8 kilos y, bueno, pues habrá que seguir, ya que estamos. Fiscal se ha convertido en mi entrenador, y ha debido hacerlo tan bien que lo han nombrado delegado del Gobierno en Huelva.



Estos son los resultados del entrenamiento de hoy

viernes, 2 de diciembre de 2011

El sueño quebrado


Atónito asisto al espectáculo circense que se está viviendo bajo la carpa de los medios de comunicación tras publicar El País (¡Ooooh, El País! ¡Loado sea por siempre!) que un juez en Huelva ha dictaminado que no se puede condenar al rey Baltasar por haberle dado un caramelazo a una buena señora en la cabalgata de hace dos años.

Aunque el auto fue dictado hace un año -uno, a pesar de todo, tiene sus fuentes- la fina ocurrencia del magistrado, su elaborada argumentación jurídica y su estilosa ironía están siendo la comidilla en estos días. Su señoría debió tomarse su tiempo, meditar a conciencia, analizar el caso en profundidad y redactar con esmero esta celebrada sentencia.

Hace unos cinco años, en plena ensoñación bucólica, tomé la decisión de comprarme una casa en un pueblo para disfrutarla los fines de semana y los meses de verano. Me atraía la vuelta a mis orígenes pueblerinos, dejar que los niños corretearan a sus anchas por las calles, entregarme a la sana y sencilla vida rural, alejarme del mundanal ruido en definitiva, aunque sólo lo justo, un par de metros nada más. El tiempo me ayudaría a terminar de convencer a los míos, y lo que en principio eran fines de semana y veranos pronto se convertiría en residencia permanente. Me compraría una gorra de cuadritos verdes y marrones y hasta tendría un perrillo, para completar el cuadro. Como veis, todo perfectamente planificado.

Entregué mis seis mil euros a una inmobiliaria y esperé pacientemente a que comenzaran las obras de esa nueva tierra prometida. Y esperé. Sigo esperando. Mentira, ya no espero nada.

Evidentemente, tanto yo como el resto de los afectados presentamos denuncia en el juzgado, nos citaron para un acto de conciliación, etcétera, etcétera... Ni rastro de un posible juicio. Ni rastro de solución de ninguna clase. Ni rastro de que les metan mano a los golfos que quebraron mi sueño... Ni rastro.

Vuelva mañana. Su señoría está hoy muy ocupado haciendo chistes sobre el rey Baltasar, y los demás riéndole las gracias. Sí, me parto.