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Mostrando entradas de marzo, 2011

Los caciques

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Tenía pensado pasar de puntillas sobre el tema… pero no puedo. Tengo que hablar de la estatua. Tranquilos. No voy a criticar al alcalde por aprovechar el tema para darse un baño de electoralismo en un soleado domingo de la antesala de la primavera. No voy a decir que el Ayuntamiento está confundido sobre cuáles son las prioridades y urgencias de la ciudad. No voy a decir que el monumento a la Virgen del Rocío aporta poco (nada, en realidad) a la Historia del Arte. Pero no quiero callarme ante el retroceso en el tiempo que nuestra ciudad ha experimentado con ocasión de esta iniciativa y su método de financiación. Era un runrún que venía acompañando las noticias que iban apareciendo sobre la Comisión Pro-Monumento, pero, sinceramente, nunca le presté ni crédito ni atención. Como a estas alturas ya es sabido en toda Huelva, en las cabezas de los portadores de la Virgen del Rocío han sido esculpidos los rostros de algunas de las personas que han aportado fondos para sufragar el grupo

Razón y pasión

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La razón esta sobrevalorada. He llegado a esta concusión hoy mismo, sin proponérmelo, sin pensarlo mucho. Quizás hasta esté equivocado. Por ejemplo, cuando uno acude a una selección para un puesto de trabajo, le radiografían el currículum: donde has estudiado, qué cursos has hecho, qué experiencia laboral atesoras. En definitiva, tus posibilidades de encontrar un curro en condiciones son directamente proporcionales a tus conocimientos. Sólo pasado ese primer filtro, se te permitirá mostrarte tal como eres en una entrevista personal. Quienes se dedican a sentarse en una mesa y a estudiar opciones, medir riesgos y calcular probabilidades, quienes pretenden mover a los peones desde la seguridad de la trinchera, acaban siendo sobrepasados por la situación, perdidos en un mar de cábalas que no conduce más que a la desazón y al aburrimiento, a mantener una distancia insalvable con la realidad. No hay que tener tanto miedo a equivocarse, porque no hay nada más humano que el error. Los

La Merced y Arquímedes

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Hoy, queridos amiguitos, os hablaré del sitio donde vivo, y de la plaza que hay delante de mi casa. Se llama  Plaza de la Merced. Podría ser un lugar estupendo. Limita al norte con la plaza de toros, al sur con la calle San José -llena de bares de tapas- y la calle Vázquez Limón -llena de bares de copas-, al oeste con el Molino de la Vega con su curiosísima estatua de Santiago Apóstol y al este con los milenarios cabezos que me dan los buenos días. La plaza, que alberga un quiosco de hamburguesas, está rodeada por la catedral de Huelva, la Universidad, la milla de oro de la hostelería onubense (el Saxo, el Jeromo y el Tagomago), una pequeña floristería, un par de bancos, y el decadente bar Los Amarillos, entre otros. Es una plaza con mucha historia, que hace unos años, no muchos, fue reformada por completo. Le pusieron bancos nuevos, suelo nuevo, rampas para minusválidos, arriates y arbustos. Podría ser un lugar estupendo. Pero no lo es. La culpa la tiene Arquímedes, que formuló u