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Mostrando entradas de noviembre, 2010

Vecinos

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Cuando Eva mordió la manzana (evitaré el chiste machista, que está la cosa calentita con estos temas) y Dios expulsó a ella y a Adán del Edén, no sólo los condenó a tener que buscarse la vida con el sudor de su frente y de sus axilas, sino que los castigó también a soportar a sus vecinos. Al principio, la convivencia funcionaba. Era relativamente fácil. Los muros de las casas tenían un metro de ancho, no había amplificadores de 500 watios ni televisores a los que subir el volumen al máximo para compensar la sordera. No existían aparatos de aire acondicionado ni antenas parabólicas que deslucieran las fachadas. Cada cual limpiaba su trozo de acera y, con la fresquita, se sacaban las sillas a la puerta de la calle a charlar hasta la hora de acostarse. Pero los planes de Dios no iban por ese camino. Él sabía lo que quería, y la buena voluntad de convivencia de los hombres (genérico que incluye también a las mujeres, aclaro) no iba a estropearle su hoja de ruta. Un día, mosqueado porq

Si los semáforos hablaran

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Hola, soy un semáforo. Hace años me pusieron en Huelva, me conectaron y, desde entonces, me paso el día cambiando de color. Ahora verde, ahora amarillo, ahora rojo... De noche, pongo los intermitentes y descanso. Recuerdo como si fuera ayer mi primer día de trabajo. Fue muy emotivo. A primera hora, vino un operario del Ayuntamiento y me quitó los plásticos de protección que me habían puesto en la fábrica. Estaba como un pincel. Impecable, con mi pintura verde y amarilla, mis luces brillantes y unas enormes ganas de comerme el mundo. Para mi sorpresa, a la hora señalada se presentó en el lugar un montón de gente. Todos estaban pendientes de un señor con gafas que vestía traje azul. Le llamaban alcalde. Se acercó a mí, me miró de arriba a abajo y me dio un abrazo. “En Huelva esperamos mucho de ti, amiguito”, me dijo con cariño, mientras los medios de comunicación captaban el acontecimiento. Luego, se alejaron todos, y empecé a trabajar. Hasta hoy. Tuve mucha suerte. Eran tiempos en

No me gusta el Festival

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Espero que no me crucifiquéis. No me gusta el Festival. No me gusta porque soy más bien de otro tipo de cine, el que empieza y acaba en Hollywood. Me gustan las espadas, los tiros y los guantazos, qué le vamos a hacer. Ahora bien. El Festival tiene todo mi apoyo, porque no debemos confundir participación con apoyo. Mi apoyo significa que me parece bien que parte del dinero que se recauda con mis impuestos se destine a la muestra cinematográfica. Estoy de acuerdo con que desde las instituciones públicas se financie y se potencie esa manifestación, incluso más de lo que se hace ahora. El Festival Iberoamericano es una de esas pocas cosas auténticas que tiene Huelva. Frente a la intensa floración que hace unos años se produjo en muchas ciudades de España, en la que surgieron como gurumelos una pléyade de festivales oportunistas al amparo de las modas del momento y de los jurdeles de la televisión, el de nuestra ciudad conserva, tras 36 años de vida, su esencia colombina y su vocació

Banderas y causas

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La mayoría de la gente no cree hoy en las banderas. En realidad, la mayoría de la gente no cree hoy prácticamente en nada más que en sí mismo (I just believe in me, dijo John Lennon). Son pocos los que son capaces de remangarse por una causa a no ser que les toque directamente el bolsillo. Las causas van camino de quedar circunscritas al cómodo púlpito de mesa camilla y brasero que ofrece hoy el facebook para poder predicar, que no es lo mismo que dar trigo. Las banderas han sido históricamente manoseadas, y tanto sobeteo las ha hecho jirones. La Libertad tomó la bandera de Francia para guiar al pueblo en la primera revolución verdadera, y luego entregársela al golfo de Napoleón y sembrar Europa de cadáveres propios y ajenos. Más tarde, por 1945, los marines alzaron sobre la isla de Iwo Jima la bandera de las barras y estrellas, con la que durante décadas estuvieron hostiando a los coreanos, a los vietnamitas y a todo el que se moviera en el Pacífico. Aquí, en España, tampoco nos he

Hoy se sale

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No es fácil asumir con entereza llegar a tu casa y encontrarte que, durante veinte días, tus amigos se han dedicado a conspirar a tus espaldas para prepararte una fiesta por sorpresa con la que ayudarte a dar el difícil paso de convertirte en cuarentón. Ni “Nunca mais”, ni “Yes we can”. El lema es “Hoy se sale”. Gracias a Begoña, que inunda nuestra vida de optimismo; a Adela, mi hermana; a Chencho y a Javi, animadores de talento y de corazón; a Mariví, que la quiero y punto; a Rafa, alma encendida que cayó del cielo para rompernos los esquemas, y a la Mari, necesaria para contener semejante portento creativo; a Fiscal y Feli, desde el primer día y hasta el último; a María José, agradecido siempre, y a Rosa, otra optimista necesaria; a Fidel, que vivió con nosotros los años duros y bonitos del comienzo; a Juanfran y Raquel, que han ampliado las fronteras de mi mundo; a Ojeda, que nos permite despertarlo de noche para cantarle, y a Amor, que nos inspira la melodía; al Boza, que como el

Los perdedores

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Es la procesión diaria de Huelva, la que se repite tarde tras tarde, invariable y machacona. Los veo pasar por la puerta de mi casa, camino del centro. Cada uno con lo suyo, su romero, su guitarra destartalada o su propia miseria como mercancía. Horas más tarde, regresan sobre sus pasos, cargados con unas cuántas monedas, unos pocos de cigarros gorroneados en los bares y el mono a cuestas, camino de Dios sabe dónde ni cómo. Da la sensación de que forman parte del paisaje urbano, pero no. Es mentira. Forman parte de la Huelva que no queremos ver, de la que nos molesta sólo lo justo. ¿Cuántos son? ¿Se conocen entre ellos? ¿Se ayudan o se pelean? ¿Cómo han llegado ahí? ¿Son de otra calaña o simplemente perdedores de la nuestra? Me cuesta creer que la sociedad que hemos construido no tenga recursos para ellos, que los demos por perdidos. Ahí va María, dando el coñazo con el romero, esputando su tuberculosis. La vemos pasar, y sabemos que más bien antes que después dejaremos de verla, c

Epitafio

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Desde que tengo uso de razón periodística, recuerdo con ternura los reportajes de cada año por estas fechas sobre la ancestral costumbre de honrar a tus muertos durante este festivo que, a diferencia de los demás, me da la sensación de que siempre cae en puente. El precio de las flores, las últimas tendencias en lápidas, el auge de la cremación con respecto a la inhumación, las mejoras de los accesos al camposanto o el servicio especial de autobuses urbanos alcanzan su protagonismo por Tosantos, para volver después a la misma soledad que acompaña al cementerio el resto del año. En este 2010, me ha sorprendido la noticia de que en Huelva son ya más los quemados que los enterrados. Respeto profundamente la decisión que cada cual toma con respecto al futuro de su cuerpo una vez rotas las cadenas que lo unen al alma inmortal, pero, con toda franqueza, pienso que es un desperdicio de materia orgánica y un gasto energético considerable someterse a la fúnebre tostadora. Más aún, existe un